No hay mejor metáfora de los intangibles y etéreos mensajes publicitarios que el mismo perfume. Efímero aire fragante cargado de mensajes, propios y advenedizos. Aire, humo, nada. Y sin embargo, su profusión estos días es tal que a un extraterrestre aterrizado en nuestro planeta le darian que pensar sobre nuestra higiene.

Desde la colonia de Arturo Fernández (tan apropiadamente llamada Classe) al perfume que anuncia Marisa Paredes (tan afín a los aromas embotellados), todos los spots siguen los mismos códigos: tope de ventilador para expresar lo etereo, sugerentes voces con acentos, subyugante masculinidad, etc. Y sin embargo todos enarbolan sus diferencias, garantizando que existe un perfume para cada uno, seamos mujer flor o joven rebelde.

Y de entre todos los anuncios, el que mayor carga mediática trae, es el del mítico Chanel nº5. Nicole Kidman, toda mohines y -no ya delgadez- sino delgadicia, protagoniza una historia que no entendemos muy bien. Pero que nos suena ya: otro disparate pirotécnico vagamente inspirado en la Boheme en los que se viene especializando el fallero Baz Luhrmann.

Nadie va a superar ya la espóntanea labor promocional de Marilyn por un perfume que se vende solo. El anuncio es más sobre Chanel que sobre el mismo nº5. Una muestra del intricado sistema de asociaciones que propicia la moda: cuando alguien compra un perfume, cree comprar parte del glamour que la alta costura representa, un glamour (cómo odio esta palabra) que se sustenta apenas con la venta de estos frasquitos.

Los mensajes de las marcas, tan manidos y cansinos, se destilan. Se hacen volátiles para filtrarse mejor, y llevar en sus micropárticulas, microsensaciones. En esta época hedonista, adoptan el manto de la sensualidad. Para susurrar al oido grandes palabras que calan sin dejar ninguna huella.